El martes se hacía las mismas preguntas. Abril, ¿o era noviembre? De cualquier manera la historia se repetía infinitamente, abajo, arriba con un loop tortuoso, abajo y vuelta a empezar. Como una esfinge tras un cristal prismático, ocho partes avanzaban y una se quedaba atrás, aquella que unía al conjunto global de su existencia.

En primavera aún dormía con su pijama de invierno: lazos azules adornaban un cuerpo de 24 años venido a menos. No era el tiempo quien dejaba marcas invariables en la piel, la decadencia no se reflejaba en el espejo de su habitación, ni si quiera en los ojos de aquellos que la rodeaban. Agónicas detonaciones mentales consumían los cimientos de Emma, una chica de apariencias mantenidas, una mujer con 5.555 maravillas que ofrecer en el país de los horrores.

A las 3:35 am Emma nunca dormía. Es preciso brillar con máximo esplendor en la oscuridad de la noche, claro que de nuevo aquello no eran más que explosiones de luz contenidas. Su frecuencia y fulgor desencadenaban un ataque de epilepsia a las 3:41 am, 5 lágrimas a las 3:50 am y una revelación extraordinaria a las 4:12 am Aquella noche, en aquella habitación comenzaba para Emma la historia que nunca debió de ser leída.

Es difícil llegar a convertirte en la persona que deseas ser, es aún peor averiguar quién deseas ser y cómo deseas conseguirlo. Nací en 1990, un día de caluroso verano, tras un parto sin complicaciones. Cincuenta y tres cm y casi 3 kg de peso no causaron en mi madre más que un cosquilleo. Que la entrada -o salida, depende de por dónde mires al agujero- de este mundo es un proceso traumático para el bebé, eso intuyen los galenos, pero para mí fue el tobogán de mi primer patio de recreo. Los médicos del momento preguntaron a mi madre con insistencia a cerca del embarazo: dieta, ejercicio físico, hábitos… Un parto rápido e indoloro en los 80 era un boleto de lotería premiado. Tanto es así que mi santa madonna no quiso probar suerte una segunda vez -toda la había gastado conmigo- y así me quedé yo, más sola que la 1. Ese día a mis padres les tocó el gordo, eso dicen ellos, pero en cualquier caso un hijo es siempre “un regalo del cielo”.

Podría decirse que mi vida, desde el minuto uno, empezó sin complicaciones. En el seno de una familia estable por definición nada ni nadie alteraba mi sueño. Hoy las cosas son bastante distintas; el aleteo de una mariposa no despierta huracanes pero sí almas en guardia constante -o eso quiero creer yo- claro que la ciencia también le ha encontrado una explicación a esto y es que todo depende del tipo de ondas cerebrales que tu cerebro produce. Los hay que ni con camiones se desvelan y los hay que con susurros se sobresaltan.

 

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