Sobre música y humanidad

No es para mí la música una forma de vida ni un sustituto de mis rezos. Tampoco una obsesión ni tiempo perdido en una agenda apretada; es una liberación del espíritu en cualquier momento del día. Tres minutos de una melodía son la banda sonora de una película en alta definición en la que a veces soy protagonista y otras mero espectador. Mis padres inculcaron en mi día a día el uso de la música. Pasé mi niñez y gran parte de mi adolescencia consumiendo, interpretando y produciendo ondas sonoras frente a un piano, una guitarra, la flauta o el clarinete, incluso hubo un tiempo en el que cantar fue una asignatura pendiente. El autobús del colegio me devolvía cada tarde la alegría de regresar a casa y mis padres, mis entusiastas e incombustibles progenitores, me la arrebataban sustituyéndola por la necesidad de aprender un lenguaje, el musical, aquel que desde nuestro nacimiento nunca nos abandona y nuestras madres entonan una y otra vez de forma hipnótica con el propósito de trasladarnos a otro mundo, el de los sueños.

Encuentro en la música la forma idónea de contextualizar mis sentimientos. Tres minutos de dolor o alegría capaces de transformar cacofonías mentales en melodías llenas de sentido que no sólo elevan el poder de las palabras a niveles de entendimiento global sino que liberan la tensión que cada día creamos al avanzar, dejando atrás un pasado que jamás podremos cambiar, viviendo en un presente que lucha de forma constante por no encontrarse con un futuro incierto. La música no evade mis sentidos sino que les concede el privilegio de la calma y el equilibrio en el que poder ser conscientes de un abismo que jamás dejará de existir y al que de forma incesante todos tratamos de sobrevivir. Huimos de la inseguridad y el miedo, pagamos por psicólogos y terapeutas, pagamos por abogados y jueces, pagamos con limosnas y pleitesía consejos de curas y sacerdotes, pagamos por máquinas de la verdad y bolas del destino que adquieran la responsabilidad de tomar decisiones. Dejamos en manos de expertos cuestiones que sólo a nosotros nos atañen y de las que no hay razón para correr espantados. Es natural ser partícipe de la inseguridad y el miedo en un mundo en el que nada se puede dar por sentado. Clamamos por justicia en un sistema imperfecto que variablemente se posiciona en el lado de los buenos o en el de los que sólo lo parecen, buscamos igualdad en una sociedad de constante lucha racial y clasista, condenamos el asesinato en tiempos de paz y encontramos honorable al asesino en tiempos de guerra, respondemos al rechazo con rechazo, buscamos la fealdad para ensalzar la belleza y hacemos preguntas cuando no deseamos escuchar la respuesta. Aún así, nos disfrazamos de perfección absoluta, esa que creemos nos aleja del fracaso; yo prefiero llamarlo hipocresía.

El que esté libre de pecado que tire la primera piedra, ¿quién soy yo para juzgar? Todos estamos sometidos a los gustos y apreciaciones de la tribu a la que pertenecemos. Incluso si quisiera escapar de ello me incluirían en el grupo de ermitaños, escapistas, inadaptados o infranqueables emocionalmente. La sociedad humana depende, se asfixia y sobrevive apoyándose en las bases de un orden moral al que ninguno de nosotros es inmune. En democracia, esa forma de gobierno perfectamente imperfecta, nuestro día a día se rige por los estándares de los acuerdos que la mayoría establece acerca del bien y del mal. Las opiniones individuales que sobrepasen las regulaciones del sistema son peligrosas, pueden llegar a ser germen de guerras, disturbios o revoluciones. Tal como escribía Dostoievski , parece que lo que más temor inspira a los hombres es aquello que les aparta de sus rutinarias costumbres; se hacen locuras por amor – locuras ¡qué barbaridad! –. Son ellos, los enamorados, quienes han de ser incoherentes con alguno de sus principios y escapar de lo establecido para demostrar sus sentimientos; y el mundo que les observa habla de insensatez e insania. Podéis estar tranquilos, las desviaciones sociales serán castigadas y al igual que ocurre con los hierbajos en un campo de golf, las aberraciones serán suprimidas. Debemos seguir los consejos de las expertas autoridades de la tribu si deseamos formar parte de la corriente principal. Sería imprudente elegir a Bon Jovi y hacer oídos sordos a Led Zeppelin, confesar interés por Kenny G, detestar a Radiohead, comprar un disco de Lady Gaga o desconocer la existencia de Pink Floyd, los Dire Straits o The Mamas and the Papas. Caeríamos pues en el lastimoso y reprochable mundo de la vergüenza artística. Es completamente necesario sentirse aceptado, rendirse a la sabiduría popular, disfrutar bajo el pesado yugo de la experta tendencia, de la moda como resultado de meras opiniones inducidas. La obediencia es la clave del éxito dentro de la comunidad. Sin embargo sería saludable devolverle la subjetividad al sentido del gusto, musical en este caso, y tratar de manifestar nuestra propia identidad bajo cuenta y riesgo. Es complicado y nada aleatorio vestir de forma diferente, escuchar música diferente, ver películas diferentes, de ahí que los expertos se hayan puesto de acuerdo en crear la necesidad de tener a alguien que nos guíe a través de aguas turbulentas, gusto y personalidad. No hay escapatoria. Ellos mandan y te harán lamentar estar en el lado equivocado de la opinión popular. Tendrás que ser fuerte y cargar con la culpa, la vergüenza y la humillación de la tribu; hacer de tu confianza el arma que desafíe a la multitud. Te encontrarás con el ámbito salvaje de la vida, aquel que espera la llegada de las almas imprudentes que han sido capaces de diseñar su propio patrón desafiando la fuerza dictatorial de las críticas, alcanzando el éxtasis de los no arrepentidos y la euforia no racionada, escudriñando la arquitectura de lo desconocido y abrazando la imperfección del libre albedrío.

Como es lógico, son las características de cada sujeto las que determinan a qué corriente ha de pertenecer, por tanto, cada detalle cuenta. ¿Pop o rock? ¿Beatles o Stones? ¿Betis o Sevilla? ¿Carne o verdura? ¿Todo terreno o deportivo? ¿Noria o montaña rusa? Serás obeso y cardiópata si abusas de la comida rápida y optas por el sedentarismo. ¿Pantalón o vestido? ¿Deportes de riesgo o actividades de ocio? ¿Un hijo o cuatro? Lo cierto es que en el trasiego del capitalismo más inmediato a menudo nos olvidamos de las “pequeñas” especificaciones. Zapatos made in China, ¿cómo han llegado hasta aquí? El anuncio de esa revista ¿quién lo ha diseñado? Cada detalle cuenta: el camino que recorre el gas para llegar a mi casa desde las explotaciones en Argelia, las almas oprimidas que extraen diamantes en Sierra Leona, las manos del inmigrante que recogen la fresa en los campos de Huelva, bancos que participan de forma indirecta en la lucrativa fabricación de productos militares… Creo que perdemos una parte de nuestra historia cuando no prestamos atención a los “pequeños” detalles, nos convertimos en boca y estómago que sacian apetito, ojos que recrean ilusiones con manos que pagan la codicia de mentes alienadas incapaces de ser responsables de sus actos. La forma en que gastamos nuestro dinero e invertimos nuestro tiempo está directamente relacionada con la identidad única que cada uno de nosotros posee. Me resulta imposible hablar de PROGRESO en una sociedad de consumo tan profundamente desarraigada y deshumanizada.

Debemos ser conscientes de que cada línea trazada en nuestra vida se cruza irremediablemente con miles de otras tantas, todas ellas parte del complejo entretejido de conexiones de la ya larga historia de la humanidad. Por tanto hemos de obrar en consecuencia y contribuir de manera positiva en la construcción y definición de la especie humana. Somos completamente responsables de nuestros actos, condenados a ser libres – tal como Sartre señalaba – elaboramos una definición de lo que somos con cada una de nuestras decisiones. No existen normas perpetuas por las que nos podamos guiar y no podemos ampararnos en excusas que nos eximan de nuestra responsabilidad: “es que soy desordenado por naturaleza”, “heredé de mi padre el mal genio”, “siempre he sido un vago”, como tampoco debemos acomodarnos en los paradigmas sociales de una época llegando a forjar hombres impersonales dentro de una masa anónima capaz de culpar a la “naturaleza humana” de nuestras malas y en tantas ocasiones terribles elecciones. El hombre es un lobo para el hombre pero siempre ha contado con la opción de ser cordero. Es nuestro el deber de darle el mayor sentido posible a la vida sin olvidar que cada uno de nosotros, 6.775 millones de individuos, contribuimos con cada paso a la creación de lo que significa ser humano. Por tanto, sí es cierto que mi libertad termina donde empieza la tuya pero bajo mi punto de vista, no todo aquello que se mantiene dentro de los límites de mi albedrío ha de ser aprobado, puesto que el mayor de mis compromisos en este mundo se lo debo a los Hombres y en última instancia, como creyente, a Dios.

En el mundo natural los seres humanos somos la excepción que confirma la regla. Un caballo tiene la habilidad de levantarse y caminar en el mismo momento de su nacimiento, una mariposa sabe cómo dejar de ser gusano para empezar a volar, una gallina no ha de practicar frente a un espejo los movimientos de su especie y bravuconear sobre su mejorada imitación. Nuestro particular caso requiere años de entrenamiento e instrucción, intento y error. Convertirse en médico, ingeniero, mecánico, panadero, madre, hermano, jugador de baloncesto… Desde la cuna hasta la tumba, siempre desarrollando el proceso de ser humanos, de llegar a ser nosotros mismos; aprendiendo a llorar, a reír nuestros fallos, a amar, a odiar, a celebrar nuestras diferencias, a perdonar. Todos tenemos una historia que contar, una canción que cantar y todos, sin excepción, necesitamos de una segunda y tercera oportunidad, de una cuarta y una quinta, hasta setenta veces siete, un nuevo intento en nuestro empeño por obtener cada día una versión mejorada de nuestro sistema operativo. Todos procedentes de lugares dispares y remotos, con diferentes perspectivas y opiniones, con maneras distintas de afrontar la pérdida y enfrentarse a lo desconocido, diferentes razas y costumbres; ricos y pobres, culpables, víctimas y verdugos tenemos algo en común: todos vivimos en el constante aprendizaje de ser humanos.

Debemos estudiar los errores del pasado y abrazar la esperanza de cada nueva oportunidad. Abandonar el círculo vicioso del odio y encarar la miseria, el miedo, los prejuicios raciales, la brutal injusticia y la violencia con las armas y la visión de un mundo aún no existente en el que el odio no es alimento de opresión y venganza. El amor es la única fuerza capaz de mirar en el futuro y ver las posibilidades que aún están por llegar. Su sombra va más allá del momento presente y en ocasiones comienza con un sueño capaz de guiar nuestra existencia en el propósito de una mejora constante. Tal como Søren Kierkegaard explicaba, “la vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, aunque ha de ser vivida mirando hacia delante”. Hoy escribimos nuestra historia, las acciones actuales determinarán el contexto final del relato. Serán las consecuencias de nuestros aciertos y fracasos las que perduren a través de los años. El legado de nuestra existencia será eterno. Las páginas finales dotarán de sentido al pasado y nuestra vida, como una melodía, perdurará en el tiempo. Por ello hemos de escribir mejores canciones, aquellas que hagan creer a los escépticos y resuenen más allá de una generación dormida, desprovista de pasiones, consagrada a la inmediatez de un hoy incapaz de entregarle nada a la lucha final del mañana. “Love is the final fight” – J.M. Perkins 

 

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8 comentarios en “Sobre música y humanidad

  1. Buena reflexión sobre el hombre, su responsabilidad y su libertad (sin libertad no hay responsabilidad; sólo quien es dueño de sus actos puede responder ante ellos) como miembro de un colectivo “la hunamidad” al que el hombre le debe todo, pues, un mundo sin hombres no es nada, por ello nadie está libre, todos somos responsables de la existencia de un mundo habitable, de su evolución, involución o destrucción. El sentido que demos a nuestra vida, será nuestro legado a la humanidad: “Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida auténtica en la tierra”. De ahí la importancia de la educación, (en un sentido individual pero también con conciencia de pertenecer a un colectivo), para contribuir a la formación integral de la persona para poder mejorar la vida individual y colectiva.

  2. Gardner habla de varias inteligencias; por lo que veo dominas unas cuantas y este y otros escritos hablan de ello. Muchas veces, cuando tengo el privilegio de hablar contigo, me pierdo y te salgo con evasivas. De mi experiencia con niños de AACC veo que tienes pensamiento divergente y siempre ves diferentes soluciones a los momentos que plantea la vida.Todo un orgullo.

  3. Si todos se guiaran por cuatro pautas que citas en tu texto María, sin duda el mundo no sería un lugar perfecto, pero sí al menos un lugar mejor. Respecto a lo que citas acerca de seguir la corriente de una multitud, me resulta gracioso con respecto al mundo de la música por ejemplo, como mucha gente que se cree “alternativa” y “especial” por escuchar un determinado tipo de música, sintiendo que se desvían aparentemente del camino que van trazando los senderos comerciales del mercado de hoy en día, pero sin querer están buscando la aceptación y la pertenencia a otro gran grupo, puede que más grande aún que establece que para ser un entendido en la música tiene que gustarte este grupo y el de más allá. Ellos también están siguiendo una corriente como ovejas, y probablemente sean los que menos contribuyan al proceso del progreso, puesto que para ellos no hay nada mejor que eso que escuchan y jamás van a volver a hacer algo ni parecido. Es precisamente el que escucha la música actual el que puede hacer una crítica constructiva y poco a poco , si no mejorarla, lo que afirmarlo supone algo subjetivo, al menos desarrollarla y cambiarla. Esto por supuesto es aplicable a todos los ámbitos de la vida, no te sientas especial haciendo que te guste algo que se considere socialmente exclusivo sólo por esa supuesta exclusividad, si no que tienes que buscar que realmente disfrutes de lo que hagas, que verdaderamente te guste.

  4. Me has dejado sin palabras, quizás porque has escrito algo que se parece demasiado a mi forma de comprender el mundo. Te mereces mucho más que un aplauso por esto. Un saludo desde Florencia

    1. Pues muchas gracias y no veas como me alegra saber que hay más gente que tiene un punto de vista como el mío, sobre la música y la vida. Lo considero el artículo “estrella” del blog. Espero tener tiempo e inspiración suficientes para escribir algo nuevo, que ya me toca.

      1. Se que la medicina es dura y deja poco tiempo para escribir, pero te animo a estampar tus pensamientos en forma de artículo. Yo antes lo hacía mucho aunque no lo solía compartir con muchas personas. Me suele pasar en periodos de desamor jajaj, por desgracia (para esta ciencia de la inspiración) ahora ni amo ni desamo, así que me cuesta más concentrarme en escribir y componer. Aún así espero que pronto nos deleites con nuevo material 😉

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