Invisible

Indiscutiblemente algo le había sucedido aquel año. Como le habían explicado era posible que no existiera relación alguna entre las experiencias vividas y su estado de ánimo, quizá porque este último respondía a la carencia de cualquier situación que fuera más allá de lo anecdótico o rutinario. Lo cierto es que siempre había huido de la monotonía y no porque fuera una persona nerviosa, ansiosa o angustiada, es que la idea de que el tiempo solamente dejara arrugas en su piel la atormentaba; como el granizo que araña y escuece pero no moja.

Tachaba con una cruz cada día que quedaba atrás en el calendario pero se resignaba a arrancar las hojas con la esperanza de hacer de ellas y su tinta un fragmento interesante para un editor de moda. ¿Cómo era posible que aquella niña que de una piedra sacaba una pelota hubiese desaparecido, sin más? Las babosas a ambos lados del camino en un día de lluvia ya no inspiraban canciones, sólo componían para ella un símil doloroso con su vida que más que elevarse se enraizaba y acercaba de forma vertiginosa al núcleo candente de su propia destrucción. Los primeros meses asomaban aún verdes y azules retazos desde la corteza y el aire aun era aire, y el cielo un conjunto de estrellas, fuente de inspiración para filósofos y cúpula ardiente para enamorados y poetas. Y como una vela se iban apagando las luces una a una sin posibilidad de mantener una sola chispa que hiciese de la oscuridad un color agradable. ¿Por qué? ¿Acaso le pesaban más los pies que la cabeza? Nunca entendió como los había que avanzaban respondiendo a un solo automatismo mecánico dejando caer sus pies sobre las pisadas que los anteriores habían marcado y quizá por intentar comprenderlo se agachó demasiado sobre sus rodillas sin que ya nadie, jamás, pudiera verla. Imploró y gritó desesperadamente y se entretuvo con los papeles rotos y migas que los otros dejaban caer por descuido o presunción; inventó historias y explicaciones irracionales que convirtieron al aire en rancio y al cielo en un anhelo. Quiso despertar, salir o respirar y dejó que el odio se anclara a su cuerpo arrastrándola hacia el fondo como un ancla infinita que nunca encontró rocas a las que agarrarse y algún barco perdió en su ruta hacia tierra firme. Y por no quemarse y desaparecer hizo de sus raíces un nudo corredizo, aquel que con fuerza ataría su odio y dejaría escapar lo que para todos siempre fue invisible.

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